domingo, 27 de marzo de 2016

עד יום מותי

Se lo llevaron los amaneceres de primavera,
que, en alguna ocasión,
llevaban consigo lluvias
con olor a eternidad.
Se quedaron con él los espacios
llenos de memoria
cargados de ardientes lágrimas,
de sonidos enloquecidos,
de venas repletas de remordimientos.
Se lo llevó una luz,
que a su vez, me sepultó el corazón
y deshizo mi carne.
Desde entonces vagué;
vagué sobre la tierra
con mi esqueleto quebrado,
huyendo del duelo que me rodeaba.
Poco a poco dejé de estar,
y una parte de mi existencia
se esfumó para no volver.
El destino paseó mi cabeza una vez más
como el premio de una batalla vencida,
regalándome, una herida que amé
y que no quise nunca ver curada.
Me rodeé con la sangre de esa herida
y la sangre de las estrellas
a las que día tras día, disparaba en su nombre;
cubierta e invadida, por ese rojo líquido lleno de cólera.
Mi nombre y su nombre alejados por siempre.
Una vida bendita y otra maldita
unidas por un sentimiento carente de poder.
Se apropiaron de su cuerpo las montañas
rodeadas de nubes rotas.
Lo arroparon en la cima más alta.
Y aunque lejos,
siguió salvando mi ser.
Y aunque muy lejos,
aún continúa dando fuerzas
a ese que bombea el frenético veneno de mis venas.


©Isabel Lojo



                                                                                                    Pintura: Jordan Eagles
 




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